Especial para Agencia NOVA
Conviene apuntar que, a pesar de sus muchas victorias, el dux Arturo no consiguió la victoria definitiva, pues los invasores acabaron por conseguir sus propósitos de conquista. Dicho sea de paso, la derrota de Arturo fue también la derrota de su pueblo. Pero éste, cuyo origen era celta, no olvidó el tesón del caudillo para detener la invasión.
Resultaba que los celtas, muy dados a la exageración, poseían un rico repertorio de mitos y tradiciones, con lo que se originó un núcleo de historias, transmitidas y magnificadas de generación en generación, en las que Arturo pasó a convertirse en la “esperanza bretona”. Se pretendía que el legendario guerrero seguía vivo, y que algún día habría de volver.
No obstante, en las historias de Arturo confluyen otras tradiciones de distintas raíces. En aquellos años oscuros de la Alta Edad Media no quedaban aún demasiado lejos los mitos grecorromanos, y no resulta demasiado difícil hallar en algunos poemas tempranos sobre el rey Arturo el rastro de las leyendas del mundo clásico. Así, en varios de ellos y en otros más tardíos, pero que recogen antiguas tradiciones, se pueden encontrar paralelismos entre Jasón y los argonautas o el mismo Orfeo. Si en el mito clásico Orfeo desciende a los infiernos para rescatar a Eurídice, la empresa de Arturo en el Otro Mundo consistió en robar un caldero mágico.
A través de este caldero mágico, propio de la cultura celta, se puede apreciar cómo el ámbito clásico y el celta se funden en un solo cuerpo. Sin embargo, aún queda por añadir el ámbito cristiano, y que en el ciclo artúrico resulta fundamental. Ya Nannis, en el siglo IX, se hizo eco de una tradición en la que el combatiente Arturo acudía a una batalla llevando a hombros la imagen de la Virgen María, imagen que un siglo después, en una miscelánea de textos titulados Annales Cambriae, se convertiría en una cruz, que el caudillo “llevó en sus hombros tres días y tres noches y los bretones resultaron vencedores”.
Como tantas veces ha dicho la Iglesia a lo largo de la historia, se trataba de congeniar la tradición pagana con la cristiana, y el ya cada vez más sobrehumano Arturo, que era capaz de descender al Otro Mundo y se había convertido en un héroe inmortal, no iba a ser una excepción. El hecho era que Arturo, a principios del siglo XII, era más un personaje de leyenda que histórico.
En su Gesta Regum Anglorum, escrita hacia 1125, el honrado historiador William de Mamesbury, se quejaba de la mistificación que había sufrido la imagen del heroico luchador, “un hombre digno no de ser soñado en falsas ficciones, sino de ser proclamado en veraces historias, porque durante largo tiempo sostuvimos a su patria que se hundía”. No sospechaba que el auténtico Arturo, el que nosotros conocemos, aún tenía que nacer una década después.
La liquidación definitiva del Arturo histórico, si es que alguna vez existió, fue producto de la imaginación desbordante de un culto clérigo bretón llamado Geolfrey de Monmouth. Amparándose en sus conocimientos, pretendidamente históricos, en el año 1135 publicó un fantasioso libro escrito en latín y cuyo título fue Historia Regum Britanniae. En él, y partiendo de Bruto, bisnieto del héroe romano Eneas, el escritor Geolfrey elaboró una extravagante pero cautivadora genealogía de los reyes de Bretaña. Y, entre ellos, situó con especial relieve a Arturo, convertido ya en rey.
(*) Profesor en Ciencias de la Educación y escritor
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